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miércoles, 9 de octubre de 2013

Reseña - "Los últimos años de mi primera guerra" de Javier Yuste González

Sinopsis contraportada

En el otoño de su vida, James E. Larrabeitia decide publicar sus diarios. En concreto el que redactó cuando contaba con 23 años. 

Con ascendientes españoles caídos en la Guerra de Cuba, veterano de la II Guerra Mundial, Corea, Vietnam y otras que no puede ni quiere mencionar, tiene un Pasado desbordado de medallas, heridas que cicatrizar, demonios y fantasmas que exorcizar y memorias que honrar. 

Esta novela nos traslada al “Infierno Azul”, al Teatro de Operaciones del Pacífico entre 1944 y 1945, donde la guerra se hizo más brutal y el dolor y la miseria constantes. 

El lector viajará a esos años para conocer, a través del relato íntimo y personal del protagonista, el sentir del marino, el día a día en un buque de guerra, la amistad y la pérdida, así como la esperanza. 

Desde la tranquilidad del “homefront” hasta las titánicas luchas en desembarcos como el de Leyte y el horror en Manila. Viajará al interior de un ser humano, desbordado por la vorágine de la guerra y de un destino incierto, donde el valor y la lealtad se entremezclan con el odio irracional y otros pecados inconfesables.

Comentario

La nota del autor al principio de la obra, nos deja claro que la narración que tenemos por delante es fruto de su imaginación y que salvo los datos históricos el resto es fruto de la casualidad. Pero según avanzas y te sientes atrapado por la vida del artillero Larrabeitia, a uno se le hace difícil no pensar que este personaje existió en realidad y que estas son sus memorias; completadas con la excelente narración de Javier Yuste.

A modo de diario, nuestro protagonista refleja con mensajes cifrados todos los acontecimientos que vive en su preparación y destino para la guerra contra los japoneses tras el ataque a Pearl Harbor, y pese a ser una novela de guerra desmenuza todos los recuerdos que afloran a su memoria, sobre todo los referentes a su desesperante relación con las mujeres y a su miedo con el compromiso; en realidad siempre quiso servir a la Marina y participar a bordo de un gran destructor, aunque el día en el que se alistó pensaba que la guerra era algo que solamente concernía a Europa y que él tendría pocas posibilidades de combatir.

Aunque también nos habla de su mundo: barcos, aviones y armamento, que son una fuente de información con la que acercarnos al despliegue militar que se realizó desde los Estados Unidos en busca de un enemigo empeñado en no replegarse y seguir atacando de una forma suicida. (Un gran catálogo acompaña el final de la novela dando un valor añadido a esta obra).

Los recuerdos de su niñez y adolescencia en la ciudad de Chicago también forman parte de su paseo nostálgico, en el que descubrimos algunos episodios, que si en aquellos tiempos le pudieron causar vergüenza ahora le sirven para comprenderse a sí mismo al tiempo que le dan fuerza para afrontar los fantasmas del pasado y saldar viejas deudas.

El haber visionado viejas películas ayuda a situar con imágenes toda la lectura y hace que recreemos la ficción sintiéndola más cerca y más creíble. El personaje se vuelve más real y se disfrutan con él los pasajes, tanto los dedicados a su anecdotario particular como a los estrictamente bélicos. Siendo las últimas páginas las dedicadas estrictamente a su participación como soldado y en las que le acompañaremos en una misión con la que contribuirá al final del conflicto.

No se olvida el autor de reflejar, en los recuerdos de aquella generación, algunas cosas: la relación con los negros y las desigualdades raciales; el patriotismo al que estamos acostumbrados a ver por sus incontables banderas en cualquier lugar de América; el día de acción de gracias; las pin-up que dibujaban en aviones, vestían sus taquillas o tatuaban en sus cuerpos; los desamores por la distancia, el sexo en cada puerto o los primeros contactos con las drogas; y la música.

Si algo puede definir cualquier momento de la historia es la música, y así nos transportamos con sus sonidos a los momentos que acompañó a una generación de jóvenes soldados, que muy lejos de sus hogares podían sentirse tan cerca como les permitía una canción de Frank Sinatra, Glen Miller o Nat King Cole. Y aunque la Federación Americana de Músicos estadounidense inició una huelga durante la guerra que no permitía grabar discos de 78 rpm, ni para la radio ni para la venta, el ejercito se las ingenió para promover los éxitos con los que animar a los soldados y abastecerlos de material original: piezas de coleccionista que a su regreso tenían que devolver y que muchos escondían entre sus ropas al regresar.

Estos últimos datos que para un apasionado de la música han sido todo un descubrimiento, han aumentado mi satisfacción con la lectura, la cual aconsejo por su sencilla narrativa y su aportación documental: sin duda, otra manera de conocer un infierno que puede ser de color azul.

Y para el que quiera conocer más detalles del mundo de los navegantes, dejaros atrapar por el blog de Javier: "navengante del mar de papel".



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